Jo, EspartaKa

Ho he parlat amb la gent del pis i, finalment, tots i totes ens hem decidit a escriure aquest blog. Els meus companys diuen que hem de contar la nostra història.

Sóc una rata. Els humans diuen que sóc un "animal de laboratori". Classifiquen a la resta d’animals com a coses, amb adjectius que ens defineixen per la nostra utilitat per a ells. I totes són dolentes per a nosaltres, els animals que no hem nascut humans.

Al laboratori ens volen pel mateix que volen una proveta. Som un instrument d’investigació. I ens inoculen tota mena de productes, ens donen descàrregues elèctriques, ens fan emmalaltir i arribar a la psicosi, ens fan patir. Ens torturen i maten per a provar barres de llavis o productes de neteja. No importa que les provetes no puguen sentir i nosaltres si. Ens tracten igual.

Els humans també utilitzen les rates de laboratori per a altres coses. Jo, per exemple, vaig ser comprada al mercat d’esclaus per a que em mengés una serp esclava que, tancada a la seua pressó-vitrina de la mida d’una caixa, menja quan els seus "amos" ho decideixen. Jo sóc tranquil·la i pacífica; m’hauria capturat ràpidament, i la preuada "propietat dels humans", mostrada amb orgull a les visites, no hauria patit perill.

Però la serp es va morir abans de menjar-me. Segurament de pena, somiant, dins de la pressó-vitrina, amb un ample territori, ple de pedres sota les que passar la nit i on prendre la calor del gran sol, no d’una trista llum artificial. Somiant ser lliure com les rates que li permetrien sobreviure, i amb les que lluitaria per la vida en igualtat de condicions.

Ella morí mentre jo esperava, a la tenda distribuïdora d’esclaus no humans, dins d’una gàbia on no em podia moure. El traficant d’esclaus no estava molt content que jo estigués a la tenda, no era bo pel negoci. Quan ja tenia decidit donar-me com a "pèrdua" (matar-me i llançar-me a les escombraries) es trobà un humà i una humana amb els que ha començat la resta de la meua vida.

dimarts, 14 d’abril de 2009

¿Por qué veganas?, ¿Por qué ahora? per Xavier Bayle

“Yo quisiera ser civilizado como los animales”
Roberto Carlos

Qué guapas se ponen las personas cuando se hacen veganas, les aparece en las mejillas un buen color nuevo y simpático, aquel especial que demuestra que poseen belleza reversible, como las chaquetas, con el incentivo de que el interior es más hermoso. Al tacto pueden parecer iguales, pero desde luego no lo son. Se pone una a mirarlas y a pensar y a sentir, y es que dan ganas de comérselas a besos.

En muchas fuentes periodí­sticas y personales del mundo se cita a las veganas éticas como unos bichos con trompa bí­fida y antenas venidos del espacio exterior, una semisecta de tipo destructivo, que quiere acabar con la sociedad y la historia del glorioso ser humano. Esa caracterí­stica aparentemente implí­cita acerca del carácter destructivo se intuye por extensión, porque, al igual que con la palabra radical, son términos que apuntan a un concepto masificado, mediatizado, sobre qué son las sectas; una de esas palabras -una palabra más-, pervertida por el Complot Universal contra las Palabras que rige nuestra civilización. Sin embargo, las sectas más cuadradas, estereotipadas, nauseabundas y laureadas de la historia fueron, paradójicamente, aquellas que hicieron subir al poder a Hitler y a Bush, que machacan a las mujeres, que mantienen la tauromafia, que degüellan un cerdo mientras piensan en sus hijas con amor, las sectas económicas que permiten la evisceración del contenido aní­mico de la vida, de la esencia del equilibrio, del cariño solidario por lo que vive. Las sectas no autodestructivas, sino asesinas, las sectas paralegales que controlan el mundo.

Por el otro lado, y ya lo digo desde aquí­, me da por pensar y afirmar -no sin cierta cautela, pero no sin cierta seguridad-, que sí­, que es cierto: que las veganas éticas, como el grupo de millones de personas que somos, sensibles al dolor animal, queremos acabar con esta sociedad. Un modelo de sociedad basada en la corrupción de la armoní­a, en la rentabilización de la vida, en definitiva, la deidad humana respecto a su entorno. Según medios oficiales, por tanto, somos terroristas de la peor calaña. Tierroristas, matizo: las que atacamos la sociedad con los derechos naturales con que el universo nos dotó, con la pública intención de defender la tierra y a sus habitantes contra esa asesina bí­peda tan semejante a nosotras.

Pero esa es sólo la intención, la declaración de guerra. Qué duda cabe (si las pruebas evidenciales son tantas), que quienes están jodiendo bien el planeta, quienes están decididas a acabar con la raza humana, con cuanta especie se cruce en su camino y con quienes les bloqueen su sangriento avance, son -de miles de formas-, las carní­voras, aliadas en la calidad y profundidad de su desprecio con las cazadoras, las vivisectoras, las toreras y su inframundo, las domadoras de circo, ... y la larga lista de las buenas personas que cumplen o no con sus obligaciones fiscales, que respetan o no la igualdad racial y sexual, que construyen el mundo humano a despecho de la evolución. En fin las asesinas pasivas y activas.

Mis más efusivas heroí­nas de antes son o fueron asesinas pasivas: Whitman, León Felipe, Becksinski, Chillida, Virginia Wolf.... Ahora, no obstante, celebro la vida de otras grandes personas que fueron ética práctica durante sus vidas, Madame de Crayencour (conocida como Marguerite Yourcenar), Da Vinci, William Blake, Kafka, Peter Singer, o, más cercanas, el genial Bajo Ulloa, que ya me ha dado dos alegrí­as en la vida: la calidad de sus pelí­culas y hacerse vegano.

Porque ya no es una cuestión de hipersensibilidad, tan sólo, ni de buen corazón, sinó de mera lógica, mero afan de perpetuación, aquel volcado en cuidar lo que nos entorna, de no participar en la masacre, de no fingir ser buena persona con el chantaje emocional de quienes nos acarí­cian y nos quieren pero depredan como sanguinarias bestias (pasivas o activas, recuérdenlo), cuando tienen hambre, frí­o, aburrimiento...

Yo no soy pacifista, me encanta la paz, me muero y me vivo de amor innúmeras ocasiones, abrazo y me abrazan, beso y me besan, y prefiero tumbarme al solete en silencio, que vociferar en un estadio futbolí­stico, lleno hasta los topes de nadie, de una masa ciega y agresiva. Pero no soy pacifista, querrí­a serlo pero tengo entrañas, corazón, sensibilidad, y las que quieren destruir el mundo me atacan cada dí­a con sus muertes cometidas -en lugar de a sí­ mismas, como serí­a de ley-, contra las inocentes, las indefensas. Contra las verdaderas niñas del planeta: los animales. Yo no llevo sí­mbolos de la paz colgados del pecho como un amuleto estúpido mientras me meto en el vientre el cadáver de un semejante, ni rezo en templos muertos oraciones muertas a dioses muertos en el nombre de la bondad, el bien, la fraternidad, para despellejar, sin pestañear, dos horas después un zorro electrocutado, firmar la sentencia de muerte de un dictador en el nombre del verdugaje, inyectarle fuego a un hamster o abrasarle el ojo a un conejo inmovilizado cuyo otro ojo ya está quemado,... Así­ no puedo ser pacifista... pero quiero la paz, como todo animal sano.

Quiero la paz, como todo animal sano.

Las enfermas, las psicópatas en distintas gradaciones, las palurdas, tienen al concepto de tradición, honor y nobleza cogido por la entrepierna, como los nazis tuvieron en jaque a Europa hace setenta años. Esas gentes, congéneres, y sus hábitos alimentarios, reparten encelopatí­a espongiforme, gripes aviares, contaminación freática, polución y veneno por los territorios para luego no tener la decencia de morirse de ellas, sino que les sirve para matar aún más, por el bien de la salud pública, destruyendo los cuerpos enfermados, legitimando la barbarie con sus suculentos cerebros y su torpeza emocional. Es nuestra bondad lo que les alimenta, son nuestras lágrimas incomprensibles a sus rudos corazones las que ignoran, como ignoran los balidos desesperados de sus comidas, los gruñidos terminales de sus desayunos, el estertor agónico de un domingo de batida, la terrible agoní­a y muerte de sus abrigos, de los productos con que se miman los cuerpos...

Ni siquiera el zorro, el ciervo o la perdiz tienen el triste consuelo de ostentar el nombre ridí­culo con el que los comprendemos, simplemente, son "piezas de caza". Asimismo el cerdo, la vaca, la oveja, el pollo no tienen nombres, son “ganado de abasto”, y los perros y los gatos y los hamsters son "mascotas" y los preciosos paseriformes y loros son ya "pájaros de jaula", etc. Les hemos robado sus vidas, sus nombres, sus tiempos, sus espacios. Somos las delincuentes de la fauna, las ladronas de vidas, la escoria del planeta, lo peor que le sucede a la belleza cuando amanece cada dí­a, y el sol incandescece para todas las criaturas del lado claro de la tierra, como en unas horas lo hará con la otra cara del mundo.

Algunas de esas criaturas, cien mil millones cada año, no verán ese sol radiante que la rotación del planeta nos descubre, esa luz maravillosa que grita "despertad" en su universal idioma, a todas las vidas del mundo. Algunas de esas criaturas que no sabí­an que carecí­an de vida, de tiempo, de espacio, de luz y de nombre, porque la raza a la que pertenezco decidió que eran suyas.

No esperes más, siente comprendiendo, no tienes derecho moral (sólo el que te otorga la tiraní­a legal e intelectual ), hazte vegana, piensa y siente cuando compres, cuando escuches el idioma del dolor cotidianamente, no lo aceptes. Hazte activista por los derechos animales (y humanos por impregnación). La batalla durará tanto como dure la ignorancia, tanto como venza la indiferencia.

No te detengas, no lo olvides: ellos están solos.


1 comentari:

Una miqueta de relax